Hoy decidí salir a reencontrar la
ciudad, mi ciudad, apenas pasaban las diez de la noche, el aire era
cálido cuando crucé la puerta de la entrada, y justo en ese
momento, se apagaron todas las farolas, dando lugar a un barrio
desconocido y sorprendente
Quería ver a la gente llegar a sus
hogares, contentos, con hambre de encontrar a su familia y sentarse a
la mesa para explicar su día, a los que todavía disfrutaban de la
noche, y del partido de turno, agarrados a una cerveza a la puerta de
los bares, a los adolescentes que llegaban tarde con la excusa de que
habían estado estudiando en casa de su amigo, a los ancianos, que
una vez cerrado el local de reunión y de partida de parchís,
volvían a sus soledades. Quería ver como era el mundo cuando se
tiene tiempo para verlo
En vez de eso, ante mi, se mostraba una
calle hostil, oscura, casi negra, por donde solo se oían las hojas
secas arremolinarse entre los coches aparcados, en las ventanas que
aún tienen luz, se nota amarillenta, como gastada, cansada de
alumbrar siempre lo mismo, los pocos que han cruzado la calle, lo
hacen furtivos, con miedo al sentir pasos cerca, apenas giran la
cabeza cuando meten la llave en el bombín de la cerradura, y
entonces parece que respiran, no hay peligro, es una mujer madura,
aunque rápidamente encienden la luz tras cerrar la puerta y enfilan
a ese mundo personal al final de las escaleras
Los bares no son lo que antaño, dos
personas en uno, tres en otro, y el borracho de turno contando
historias que apenas se le entienden de como arreglaba él el país,
tras la mirada perdida de la dueña del bar, cansada de escuchar, día
tras día, una y otra vez, la misma cantinela hasta la hora de
cierre.
Hay una parejita, recostada en la
esquina de un portal, ella intenta pasar desapercibida, es casi una
niña, y no quiere que nadie la reconozca, mientras el chico, intenta
de todas las maneras posibles poner sus manos donde le indican sus
sueños
No hay ancianos de vuelta, hoy no han
salido, o al menos, no vi ninguno, tampoco, adolescentes con excusas,
recorrí con la mirada los edificios y no daban sensación de
comunidad, demasiado oscuros, demasiado grises, demasiado cerrados;
La noche está agradable, hay un viento cálido que invita a caminar,
pero ni tan siquiera los amantes de los animales, están paseando a
sus amigos de cuatro patas
Decido seguir, porque me niego a formar
parte de una ciudad fantasma, en la que todo cobra sentido a golpe de
reloj, porque mañana, cuando empiecen a sonar, y todos salgan a la
calle, vuelve a tener luz, se oirán risas, llantos, riñas,
cotilleos y confidencias, se mezclarán los olores de comida de todas
las casas, y los niños, todos extresados por las múltiples
actividades extra escolares, no te dejarán pasear en línea recta,
hay que esquivarlos en su carrera contra la vida
Mañana, ya nadie se acordará del
canto del borracho, o de que el vecino ha perdido el trabajo, todos
estaremos demasiado ocupados en luchar contra el tiempo, mientras,
hoy, la ciudad duerme y calla, acoplándose a lo que está bien visto
Vuelvo a casa, sin mirar a los lados,
poniendo todo el empeño en seguir con la vista fija en lo que pierdo
durante el día, vuelvo a casa con la sensación de que lo bueno , no
está en la calle, ni en las gente de alrededor, lo bueno de cada día
está en nosotros y en nuestras sensaciones
Volví a casa con la lección
aprendida, y cuando volvía, también volvió la luz.

Me los he leído todos... escribes muy bien. Este es el que más me gusta.
ResponderEliminar