Ahora que aún no has abierto los ojos, te sueño creciendo en el
mundo que no te podré dejar yo sola. Mi herencia quizá nunca vaya
más allá de esta carta. Quizá despiertes y prefieras olvidarte de
lo que te lego, despreciando un sueño más. Porque, hija mía, no sé
vivir de otra forma que soñando.
Deseo con tanta fuerza que aprecies de mí la locura que impulsa
mi corazón por las venas hasta más allá de mi cuerpo, que, en
ocasiones, presiento que mi sangre no es más que una ensoñación y
mi alma, no fue nunca más allá de un jadeo de dos personas
anhelantes. Deseo tanto, tanto, que las letras se vuelven borrosas de
la rabia contenida.
Ojalá que cuando leas esto, su
significado sea apenas un mal recuerdo y no seas capaz, desconocedora
de la Historia, de comprenderlo. Ojalá, que podamos compartir
nuestra locura.
Pero te explico, porque si esto último
sucede, la palabra loco habrá dejado de existir y lo sueños se
habrán tornado realidad, si es que existió alguna: el loco siempre
fue una persona, ante todo persona, que usaba su cabeza para pensar
aquello que no era verdad para los demás y se atrevía a comentar
sus pensamientos, a veces a publicarlos por escrito y, las más, a
gritarlos exasperado en la calle sobre un banco de madera. El resto
de sus vecinos no locos, se miraban entre sí entre la diversión y
el temor, y hacían girar su dedo índice en su sien. Luego, todos
juntos, se dirigían a un lugar de reunión donde un cuerdo –que es
lo contrario de loco- les decía lo que tenían que hacer, cómo lo
tenían que hacer y en qué momento y lugar lo debían hacer.
Pero el loco ideó una palanca en
cierta ocasión y, siguiendo las inevitables leyes de la física
–aprende, mi niña, que esto es lo único que no podrás superar y,
en ocasiones, también lo harás-, desplazó al mundo de su eje, con
vecinos y cuerdos y todo.
Hija mía, yo aún no he conseguido esa palanca. Y es probable que, aun consiguiéndola, en mis manos solitarias se quede en simple barra de acero y no sepa utilizarla. No me consuela el hecho de que hubiera muchos más locos incapaces, como yo. Pero sí respiro aliviada en ciertas ocasiones, porque esos mismos me han hecho la vida mejor, traspasándome sus sueños.
Hija mía, yo aún no he conseguido esa palanca. Y es probable que, aun consiguiéndola, en mis manos solitarias se quede en simple barra de acero y no sepa utilizarla. No me consuela el hecho de que hubiera muchos más locos incapaces, como yo. Pero sí respiro aliviada en ciertas ocasiones, porque esos mismos me han hecho la vida mejor, traspasándome sus sueños.
Soy afortunada. Ahora sueño los míos
y los suyos. La mayoría de la gente, los no locos, mis vecinos
cuerdos, no sueñan: viven solamente en la realidad que les marcan.
Van y vienen pendientes de un reloj, en unas vidas infelices,
internadas en unas colmenas de hormigón y ladrillo, que apenas
desahogan más que quince minutos cada fin de semana, con suerte.
Sin embargo, aún así, se creen
vivos. Se consuelan, cielo mío, con las miserias de los demás.
Observan como terceras personas, de mundos paralelos, mueren a
balazos en sus casas, se desplazan tullidos en muletas por las calles
enfangadas tras el último huracán, o son comidos por cientos de
moscas devoradoras de huesos humanos aún vivos. Se asustan, eso sí,
cuando la geometría enloquece, como tu madre, y vuelve la recta,
siempre igualmente lejana, en tangente y las balas, las muletas o las
moscas se acercan más de la cuenta. Pero, en seguida, los cuerdos
mayores inventan una treta nueva y quedan felizmente convencidos de
que nada va a pasar en sus anodinas vidas. La realidad vuelve a ser
real y la pesadilla se desvanece para dejar paso a la noche vacía de
sueños. Pero mejor es para ellos no soñar; así nadie indicará su
sien a sus espaldas.
Si puedo pedirte algo, mi niña, es
que nunca tengas miedo de alzar tus ojos, ni evites mirada alguna
-aunque éstas sean de reto-, ni cierres tus oídos a las palabras de
los demás -pese a que hieran-, ni muerdas tus labios para tragarte
palabras.
Si me haces caso, vivirás una difícil
vida plena.
Si no lo haces, creerás ser feliz,
como el resto. Aunque no creas que, por ello será una vida más
sencilla. Verás:
Te enseñarán a balar desde bien
pequeña y pasarás buena parte de tu tiempo infantil aprendiendo a
coordinar tus balidos con los de tus compañeros. De adolescente,
querrás balar de otra forma y es probable que lo consigas, incluso
que creas que aúllas como un lobo; pero es mi deber como madre
decirte que hay aullidos permitidos: un grupo de lobos bien
controlados por perros pastores, provocan que el rebaño se haga más
compacto. Cuando te canses de aullarle a la luna, buscarás un carnero
–dependiendo del lugar, incluso te permitirán buscar otra ovejita
como tú- que suplantará al astro cambiante en tu corazón.
Contratarás públicamente tu amor y venderás tu libertad ovina a
cambio de un redil. Quizá no te canses de aullarle a la luna, pero,
con la edad, volverás a balar, aunque con acento. Pasarás tu vida
yendo a ser trasquilada y ordeñada. Conocerás más carneros y
ovejas que te reconocerán como una más. Y tendrás a más de un
pastor como referente –eso, si mantienes el recuerdo de tu época
de loba-. Y morirás como una buena, querida y, en ocasiones, feliz,
ovejita más.
Durante toda esta vida, estarás
convencida de muchas verdades, algunas inalterables durante todo el
tiempo; otras, pasajeras; de la mayoría, llegarás tu sola a la idea
de que eran equivocadas o mentira. Pero créeme, hija mía: ni una
sola de esas ideas habrá sido tuya. Tú, que intentarás escribir
los versos más bellos una noche. Tú, que buscarás el reflejo de la
luna en unos ojos mortales. Tú, que pretenderás geniales proyectos.
Tú, mi niña, no habrás hecho otra cosa que soñar sueños
programados desde el primer balido, esos sueños anodinos que nunca
se recuerdan al despertar.
Qué no daría yo por conseguir que,
cuando tú abras los ojos, tengas delante de ellos, un mundo lleno de
personas que se responsabilizan, deseosas de gobernar sus propias
vidas... que huyen de los pastores porque, en sus cabezas, no existen
verdades únicas, ni inalterables, solo certezas a medias, tangentes
con las del resto... cuyos ojos están abiertos como sus brazos...
cuyas palabras respondan únicamente a sus sueños...
Cielo. Quiero para ti un mundo de
locos. Porque los locos jamás usarán el dedo índice para apuntar,
ni a sus sienes ni a sus vecinos. Porque los locos no pretenden más
que ser felices con los bolsillos vacíos y los corazones llenos.
Porque los locos no temen aullar siempre a la luna, aunque sea nueva
y no puedan verla. Porque los locos se trasquilan cuando quieren.
Porque los locos saben que están vivos, no porque sea su verdad
irrefutable, si no porque el resto del mundo se lo reconoce a gritos,
porque tienen los ojos, los oídos y la boca bien abiertas, porque su
corazón late plenos sueños.
Cuando ya no me tengas a tu lado y
alguien se refiera a mí como una loca, no intervengas, ni me
defiendas, porque habré fracasado al buscar la palanca o sus
instrucciones. No habré conseguido enloquecer al mundo con mis
sueños lo suficiente como para que mi niña viva en libertad. Porque
la libertad, hija mía, nunca dejará de ser un sueño. Y los sueños,
son cosas de locos.
Que, en tu corazón, vaya siempre mi
sueño, sonriéndote.
Te quiero, hija mía.

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